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11 mar. 2013

La vida que gira.


Claire nació con una madre dispuesta a darle todo, incluso aunque esto significara no comer para poder darle de comer a su hija. No mucho después la oscuridad rodeó a su madre también, justo como había pasado antes con aquel gato y su padre, meses antes de que Claire naciese.
Después de perder a la última persona dispuesta a ayudarla, fue una niña criada con el barro y alimentada con la lluvia, cuando creció, apenas se percató de ello, tan solo en los reflejos de los charcos tras la lluvia pudo entrever sus nuevas facciones. Guiada por la costumbre de su familia anduvo hasta que llegó a otra nueva ciudad, era de noche aún pero se empezaban a ver los primeros rayos del sol, Claire se acomodó en el césped de un parque y esperó pacientemente a que el sol despertara al pueblo. Cuando ella misma despertó el cielo estaba totalmente despejado, por un momento pensó que estaba en el cielo con su madre, simplemente se redujo a fruncir un poco los labios en señal de disgusto al darse cuenta de que no era así.
Claire se incorporó y a su vez una larga cabellera de oro se extendía hasta la mitad de su espalda, nunca se había cortado el pelo, quizás de pequeña pero ella no lo recordaba ya. Las manos de Claire estaban llenas de barro tras apoyarse con ellas al resbalarse en alguna de las lluvias con las que se había cruzado de paso hasta llegar a esta nueva ciudad, las uñas negras y las palmas llenas de pequeños cortes producidos al pasar aquel rosal para acortar camino, si no lo hacía, el camino habría sido más largo y no habría podido sobrevivir, llevaba cuatro días sin comer y estaba en su límite. La vestimenta de Claire consistía en un humilde, o más bien, pobre jersey de color avellana en un inicio y que había ido obteniendo una tonalidad cada vez más oscura con el paso de los días, unos pantalones rasposos y rudos atados con una cuerda mordisqueada por las ratas e iba descalza, los pies a semejanza de sus manos, repletos de barro y heridas.
El pueblo se extendía frente a ella brillante y natural, un lugar perfecto para empezar de cero, pero no un lugar para ella, sintió la necesidad de salir corriendo por miedo de estropear la magnífica estampa del pueblo con su presencia, se recordó que no había comido por cuatro días. Entonces comenzó su nueva caminata, como en cada pueblo, iba pidiendo limosna a cada habitante que veía, alguno debía de ser amable y misericordioso.
La chica se introdujo entre las casas de diferentes colores, todas ni muy grandes, ni muy pequeñas, adecuadas simplemente. Se encontró entonces con la primera habitante del pueblo, era una mujer delgada, de pómulos sonrojados y pies menudos.
-Señora, dios le ayude y le de felicidad si usted me ayuda a mí, ¿tiene algo de dinero suelto señora?-le pidió Claire a la vez que le clavaba la mirada a la mujer, esperanzada.
-¡Oh, pobre!, no soy rica, ni pobre, más bien humilde, aquí en mis bolsillos no tengo dinero-dijo la mujer con pesada culpabilidad-pero soy costurera y puedo darte otra cosa, espera, espérame aquí, por favor, no te vayas…-dijo esta sin darle tiempo a Claire de responder.
Apenas transcurridos unos minutos  la costurera salió con un abrigo largo, blanco y ancho, de piel, aparentemente calente, incluso caluroso.
-Mi dios, es usted una persona rebosante de bondad, Dios la ayude, gracias, muchísimas gracias-se apresuró a decir  Claire que lo aceptó.
Prosiguió su camino, y no tardó en encontrarse con otro habitante.
-Perdone, ¿tiene dinero suelto?, Dios me salve…-dijo Claire. El gordo hombre la miró con el ceño fruncido.
-Aquí Dios no salva, ni ayuda, ni predica a nadie, somos libres de nuestras acciones chiquilla-declaró este con un profundo acento típico del pueblo-No tengo dinero suelto, solo cordones pero buscaré algo para ti ya que soy zapatero.
Desapareció el hombre dejando a Claire perpleja, no debería nombrar a Dios nunca más, en este pueblo por lo menos. Apareció el zapatero con unas botas altas, de cuero, de un color avellana y tan bonito que se asemejaban más con dulces que con zapatos.
Claire las aceptó y el hombre extendió una gran sonrisa.
-Dios le…Muchísimas gracias señor-se corrigió ella misma.
El pueblo volvió a esconderse para almorzar y el estómago de Claire rugía, hambriento. Se introdujo en el denso bosque y encontró un lago, fue dejando sus ropas en las ramas de los árboles, apoyó con cariño el abrigo blanco en una gran rama para asegurarse de que no se ensuciaría con el barro del suelo y puso las bellas botas sobre unas piedras para tampoco ensuciarlas. Nada más sumergirse en el lago se sintió nostálgica, los habitantes del pueblo con los que se había encontrado eran tremendamente humildes, y le habían dado cosas que valían mucho más que simple calderilla en sus bolsillos.
Salió y limpió sus viejas ropas, el jersey casi volvió a obtener su, en antaño, color avellana. Volvió al pueblo y siguió pidiendo limosna, se encontró con una mujer muy joven, más que ella quizás, esta le ofreció, a falta de calderilla, arreglarle las manos, Claire aceptó sin poder negarse a cualquier tipo de servicio gratuito. Cuando salió, sus manos eran preciosas, las heridas se habían curado y sus uñas eran perfectas, largas, cuadradas y simétricas. El siguiente habitante era una peluquera que se ofreció a peinarla, saneó las puntas de su cabellera dejándolo un poco más largo de los hombros, rubio y con una forma natural, este se movía con gracia con cada movimiento que ella hacía, se miró al espejo perpleja y buscó a otra persona, horripilante, fea, sucia, pero no la encontró, solo estaban ella y la peluquera, estaba realmente sorprendida. Le agradeció a la peluquera sus servicios y prosiguió dando tumbos por el pueblo. Se encontró de pronto con una anciana, y le pidió limosna.
-No aparentas necesitar dinero-masculló esta.
-Este es mi primer día en el pueblo, todos los habitantes son muy amables y me han dado otras cosas en vez de dinero-aclaró.
-Entonces yo haré lo mismo, sígueme-la anciana poseía una melena recogida en un moño, todo canoso y los ojos claros. Claire la siguió, entraron en su casa y la anciana la llevó hasta un cuarto- Yo solía tener una hija, hasta que una enfermedad se la llevó, pienso que después de dieciocho largos años ya es hora de deshacerme de algunas cosas suyas…-sacó una maleta de cuero cerrada con hebillas de un armario y la abrió-Toda esta ropa es ahora tuya-dijo acompañando la frase de una sonrisa.
Claire le sonrió en respuesta, agradecida, y se puso ropa interior y un vestido blanco con un fino cinturón marrón avellana rodeando su cintura. Salió de la casa, con la maleta en la mano, irreconocible para ella misma, la anciana la observó alejarse como si se tratase de su fallecida hija, que se marchaba, a hacer su propia vida, ya adulta.
Estaban terminándose las hileras de casas de colores y se acercaba a un parque, cuando se encontró con otra mujer, está acompañada de su hija pequeña, el estómago le gruñó a Claire, recordándole que aún no había comido, su intención inicial. Se acercó a la mujer.
-¿Tiene algo de dinero suelto señora?-le preguntó un poco avergonzada porque ahora realmente no aparentaba ser pobre, aunque lo fuese.
-Te he visto vagar, te vi llegar, te vi mendigar y pedir, vi cómo te cortaban el pelo cuando pase a recoger a mis hijas del colegio, yo también formo parte del pueblo asique voy a darte algo, no dinero, eso no va con este pueblo pero por lo menos te ayudaré en lo que esté en mi mano, como hemos hecho todos- Claire siguió a la mujer dentro de su tiendecita, había un tocador y una silla baja y rotatoria, le hizo sentarse allí y comenzó a maquillarla, cuando terminó Claire se quedó maravillada con el que había hecho la maquilladora.
-Luzco diferente-afirmé.
-Luces preciosa-aclaró la maquilladora.
Cuando salió del establecimiento ya era tarde, la puesta de sol estaba allí, en el cielo y ella se dirigió al parque, las madres se llevaban a sus hijos de vuelta a casa y yo me iba quedando sola en aquel banco, se levantó y subió a uno de los cacharritos con los que jugaban los niños, era una plataforma de madera que giraba y tenía varios barrotes para agarrarse y no salir despedido, dio una pequeña carrerilla y se subió rápidamente, se agarró con fuerza, giraba y giraba, era difícil mantenerse sujeto, cuando creía que iba a salir despedida fuera, alguien la frenó.
-¿No eres muy mayor para montarte en estas cosas?-le preguntó alguien a Claire, ella aún veía borroso debido a tantas vueltas.
-¿Qué hora es?-preguntó Claire.
-Las doce de la noche-le respondió.
-Ahora si soy muy mayor, acabo de cumplir dieciocho años-aclaró ella, respondiendo a su anterior pregunta.
-Oye, me he enterado de tu historia, ya sabes cómo son los pueblos-se sonrojó avergonzada-Soy el alcalde del pueblo, no me gustaría parecerte grosero ni desvergonzado, pero tú historia me ha conmovido y me gustaría que fueses mi huésped, te daré educación, comida y si quieres algo más…
-¿Qué más puedo pedir?-inquirió ella con los ojos llorosos, de la emoción.
Su vista consiguió encontrar un punto fijo y ya podía verle, era un hombre joven, quizás dos o tres años mayor que ella, moreno, con los ojos verdosos y con hermosos rasgos de príncipe. No podía evitar temblar, su corazón vibraba, emoción, cariño, curiosidad, ella quería conocerlo.
-Entonces, ¿aceptas?-le dijo el, que al incorporarse le extendió una mano.
Ella sonrió más por placer que por complacerle a él con una sonrisa y aceptó la mano de él simbólicamente, aceptando con esto a su vez empezando este nuevo camino juntos.

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