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14 may. 2013

El extraño que me conoce

Cierro la puerta de hierro mientras tengo cuidado de no resbalarme con las escaleras llenas de nieve. Me dispongo a lanzarme a las frías calles con una sonrisa cuando alguien me retiene sujetándome firmemente el hombro.
   Joven —dijo Chad captando mi atención. Era un viejo que tendría casi setenta años, la cara arrugada y la piel clara, aunque con unos ojos vivos y avispados, tanto que a veces me daba miedo. ¿Qué podía darte más miedo que una persona que parece débil y en realidad es tan fuerte?, ¿Para qué disimular que no era una amenaza? Le sonrío al darme cuenta de que no es ningún desconocido, sino el propietario de la casa donde vivo temporalmente hasta que termine la universidad. Este es mi último año y después podré volver a casa, aunque mi “casa” habrá cambiado mucho para poder seguir llamándola así.
   Buenos días Chad —lo saludo.
Salgo de mi pequeño patio y observo nostálgicamente mi piso lleno de nieve, con las paredes ennegrecidas y las ventanas viejas y gastadas engaña a las personas que la observan, pues en realidad es cálido y cómodo. Después de coger los mismos caminos y el mismo metro de cada día llego a la universidad.
Era raro que hoy el famoso desconocido que me perseguía no apareciera. Había venido sola aquí y sola me sentía, pero nunca me imaginé que me podría pasar esto. Quería tener miedo como cualquier persona de que ese hombre quisiera algo más que perseguirme, aunque quién sabe, podría ser una casualidad muy grande porque él y yo nunca habíamos llegado a cruzar una sola mirada.
Lo que sabía era que sentía como si realmente le conociese y eso me hacía no sentirme tan sola…
Entro en un restaurante que está cerca de la universidad. En mi cabeza no dejo de maquinar ideas raras sobre un accidente inesperado que obliga al acosador silencioso a no poder asistir a mi rutina diaria. ¿Qué más me da? La verdadera pregunta era ¿me importaba? Algo dentro de mí me dice que tengo una idea equivocada de lo que es correcto y de lo que no, por mucho que ese chico parezca una buena persona eso no quiere decir que lo sea. Como si me hubiera leído la mente, el sonido de la campanita encima de la puerta del restaurante suena y aparece aquel extraño que me hace sentir acompañada, incluso estando a tres mesas de distancia de mi. Parece un modelo, tiene rasgos perfectamente simétricos que te recuerdan a algo salvaje, el pelo corto y rubio oscuro. La dependienta que se acuerda perfectamente de él lo acompaña siendo bastante pesada y usando un acento juguetón. Tengo ganas de decirle que no viene aquí por ella, sino por mí.
Con paso seguro se sienta al lado una de las ventanas y me doy cuenta de que lo estoy observando boquiabierta; dejo escapar un bufido avergonzada y apoyo mi cabeza sobre una de mis manos mientras miro por mi ventana. Estamos cada uno en una punta del restaurante, me sorprende que alguien como él venga a un lugar tan barato pues sólo con su reloj de marca puede comprar el local. Me obligo a mí misma a no mirarle y le pido lo que quiero de comer a la camarera que no para de actuar coquetamente por si la mira. Me asaltó la idea de que en realidad él no iba a estar toda su existencia persiguiéndome, ¿no? No pude evitar crear una mueca de disgusto y comí rápidamente para irme. Normalmente solía disfrutar la comida ignorando que el extraño estuviera al acecho. ¿Y si en realidad todo era una gran casualidad? ¿Y si él no me miraba nunca ni me perseguía? Sentí una punzada en el pecho, empecé a considerar seriamente si tenía un problema mental. Es un desconocido y no me puedo enamorar de él, me dije a mí misma.
Le pagué a la camarera. El problema era que me sentía sola y en realidad lo estaba, que era peor que pensarlo.
Me levanto sin mirar mucho lo que me rodea, totalmente cabizbaja y pensativa, dentro de mis pensamientos y veo una sombra que se acerca a mí por el rabillo del ojo. Es él, pasa frente a mí sin mirarme si quiera y abre la puerta antes que yo y se va dando un portazo, miro a la camarera.
   Tranquila, me ha pagado antes de irse —dice con una sonrisa nerviosa.
Trago saliva aun sabiendo que tenía un nudo en la garganta. ¿Se había enfadado conmigo? Dejo escapar el aliento nerviosa y salgo cerrando la puerta de una manera más respetuosa que él.
El cielo está nublado, el suelo lleno de nieve aunque de un color gris al igual que todos los edificios. Todo está sumido en una tonalidad oscura, comienzo a andar hacia la universidad, escucho unos pasos detrás de mí, el sonido de unos zapatos crujir sobre la nieve es un sonido familiar, me he acostumbrado a él y cuando lo escucho ya no me asusto como antes, sino que sé que es alguien conocido. Paro mis pensamientos ahí. ¿Conocido?, me corrijo, él no es alguien conocido, aunque el sonido de sus zapatos sí lo sea. Su sombra es clara y me da la sensación de que cada vez está más cerca de mí. Mi corazón se desboca ¿Se ha enfadado conmigo y ahora ya no quiere perseguirme desde lejos sino atacar por fin, hoy? Me asusto y empiezo a andar más rápido, el aire sale de mi boca disparado con nerviosismo, noto como en las sienes empieza a botarme el pulso, los pasos de él van también muy rápido, siguiéndome de cerca. ¿A qué espera para lanzarse sobre mí? ¿Qué es lo que quería de mí finalmente? Me mareo pero sigo e intento relajarme. De repente ya puedo ver la universidad desde lejos y el sonido de sus zapatos desaparece. Miro de reojo hacia atrás, no hay nadie en la calle, ¿habrá tomado un desvío? Deshago mi interés por él y entro en la universidad. Hoy había sido un día duro, sentía mi cabeza aprisionada por toda la información acumulada, estaba haciendo una carrera de biotecnología y, aunque me apasionaba, tenía que reconocer que a veces me agobiaba, como en toda carrera supuse.
Dentro del metro, justo en el otro extremo del vagón, estaba aquel extraño que me perseguía.
“Estamos llegando a la parada, por favor manténganse alejados del punto de entrada y dejen salir a los demás pasajeros” — dice una robótica voz saliendo de los altavoces. El tren para y las puertas se abren y yo salgo rápidamente, nunca me había sentido así desde que él me perseguía; ahora sí se parecía más a un acosador, doy grandes zancadas con prisa de llegar a mi apartamento lo antes posible. De pronto el sonido de sus pasos desaparece.

Me dejo caer sobre la cama con el pelo mojado y el pijama recién puesto. Me miro en el espejo que está al lado del armario. Tengo el pelo más oscuro, al estar mojado conserva su color marrón y mis ojos son verdes. Se me cierran los ojos y de la oscuridad, en mi mente aparece una figura iluminada tenuemente. Es un chico con el pelo rubio apagado y viste una gabardina. Me ha estado siguiendo desde lejos, miles de ideas desconfiadas sobre él me asaltan, miro de reojo si sigue ahí a medida que voy cambiando mi camino normal por una ruta más concurrida y me voy dando cuenta de que el chico tiene unas facciones realmente bonitas. ¿Porqué los chicos guapos tienen que ser siempre los más malos? Mis recuerdos se vuelven borrosos y me despierto, ese era el primer día que me di cuenta de que me seguía. Mi reloj suena desesperadamente vibrando y chocando contra todos los libros haciendo que estos caigan al suelo a medida que sigue vibrando. Ya es hora de empezar a vestirme para la rutina, aunque tengo pensado ir a una zona más concurrida de la ciudad hoy para cambiar de aires. Normalmente si salía de mi casa, era para ir a estudiar a la biblioteca.
Sin pensármelo demasiado entro en el primer restaurante con aspecto acogedor que encuentro. Me siento en una de las mesas, tiene un estilo muy original. Cada mesa es diferente pero parece hecho más como apaño en un intento de ser original. Estuve mirando la puerta del restaurante esperando que en cualquier momento sonara un feo sonido al abrirse y apareciese aquel desconocido. Llego a mi calle y esta vez me obligo a no mirar donde suele estar él. Me obligo a admitir que no va a estar, escucho la nieve crujir bajo unas botas, me pongo repentinamente nerviosa y echo a andar en dirección opuesta a mi casa calle abajo. Detrás de mí escucho unos pasos apresurados, no hay nadie, solo él y yo. El corazón me late tan rápido que me cuesta concentrarme en algo, mis pensamientos se desvían y toman caminos locos. ¿Qué quiere? ¿Es una mala o buena persona? Sus pasos están cada vez más cerca, no puedo seguir huyendo, más que no poder, no quiero. Me paro, él lentamente se acerca. Tomo el trago de aire más grande que he dado nunca, saco valor de donde no hay y me giro, está entre asombrado y relajado, como si no se esperara esta reacción. Me fijo en su cara, unas facciones tan salvajes, esa mirada que me hace temblar… Sin saberlo me había enamorado de él.
El extraño da un paso más, lo tengo tan cerca ahora que puedo ver sus ojos verdes. Claro que tiene aspecto de salvaje, tiene una selva en la mirada, es atractivo, lleva una gabardina negra, un jersey gris, vaqueros claros y una bufanda muy fina negra. Todo en él queda perfecto. ¿A qué se dedicará? Las preguntas insisten en mi mente. Se inclina un poco, acercándose tanto que puedo olerle, no me espero que lo haga pero sigo sin responder a lo que me aconseja mi conciencia. No me alejo.
Me besa, no puedo evitarlo. Paso mis brazos alrededor de su cuello y lo pego más a mí. El frío ya no parece existir, aún no sabía siquiera su nombre, noto sus manos cada una en un lado de mi cara, dándonos una sensación de privacidad a ambos. Le beso, no puedo evitarlo, le prefiero a él que a su nombre, aún no quiero saberlo.
— ¿Por qué has dejado que un extraño te bese? —me pregunta curioso.
— ¿Por qué has besado a una extraña? —replico con otra pregunta y le sonrío.
— No eres una extraña —dice como si fuera algo obvio.
— Ni tú —mi contestación parece avergonzarle un poco y no puedo dejar de pensar en lo que estoy sintiendo en ese momento.
— La verdad es que me enamoré de ti —dijo después de un breve silencio — Fue a primera vista —admitió mientras yo me mordisqueaba el labio nerviosa.
— Yo ya te conocía, de vista —digo riéndome con las mejillas encendidas. Él deja escapar una risa y sin querer me quedo fascinada con su risa. Anduvimos juntos hacia la puerta de mi casa en silencio. Era curioso que lo acabara de conocer y sentía como si fuésemos íntimos desde hace muchísimo tiempo.
— Bueno, me llamo Travis —me dice un poco avergonzado.
— Yo soy Katsia —me presento también.
— Encantado de conocerte —dice educadamente y se ríe. Yo hago lo mismo.
   Buenas noches, Travis —le digo, a medida que estoy cada vez más lejos de él voy siendo más consciente de la irrealidad, cuando me doy cuenta de que el acosador y yo ahora tenemos una relación íntima que no tiene ni pies ni cabeza. No puedo evitar girarme una vez más pero no pasa como en las películas, que cuando te giras él no te ve, no, él sigue ahí mirándome.
Ambos nos miramos desde lejos o no tan lejos, aún no me lo creo. Cierro la puerta de mi casa y me quedo dentro de la oscuridad pero curiosamente no me siento sola.

Las paredes son de cristal y por ellas entran los primeros rayos de sol de la mañana. Estoy cubierta por unas sabanas color ámbar dentro de una cama, noto la calidez de la luz rozándome los dedos, ruedo sobre mí misma y ahí está él, detrás de mí, observándome. Se me dibuja una sonrisa sin poder evitarlo.
     — Ya ha amanecido —declara.
   Eso parece —susurro mientras me aproximo hacia él y le beso. El sol parece ascender más y nos cubre con su luz.
El destino me tenía preparado algo más cálido de lo que me esperaba.

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