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17 jul. 2013

El club de los asesinos

El club de los asesinos - Cody.

Hola, yo soy Vincent. El mundo que estás a punto de ver no es muy diferente del que ya conocías, quizás te arrepientas más tarde pero estoy seguro que una vez entres, no querrás salir. Me presento como tu amigo y no como una introducción a el Club Los Perdidos, aquí somos así, compañero. Ya verás, solo es cuestión de tiempo que lo compruebes.Puesto que has llegado hasta nosotros, es porque uno de los componentes del club te ha ofrecido unirte al ver que posees algunas de las características requeridas para ser un buen miembro y realizar un buen (y provechoso) uso de nuestras instalaciones. Te invito a visitarnos en la dirección que podrás ver en el sobre de esta misma invitación.Quedas avisado sobre los términos de suscripción: una vez entres en nuestro mundo, no hay posibilidad de retorno.Muchas gracias por su atención.Atentamente;Vincent Julls,Compañero.”


Parecía que todo estaba calculado pues al mismo tiempo que terminé la lectura de la carta el taxi había llegado a mi destino. Le dejé dinero de más al taxista pagándole el aburrimiento que habría padecido al soportar mi silencio, incómodo para él, y por el contrario cómodo para mí, y salí del taxi. Con el clíper de siempre le prendí fuego a la carta y la dejé arder en el aire mientras caía hasta el suelo. Después, sin dudarlo, abrí las enormes verjas oxidadas y entré en mi nuevo hogar.
El tiempo acompañaba a mis sentimientos, las nubes hacían que el sol quedase escondido aunque algunos rayos obtuviesen la libertad, el césped estaba simétricamente cortado y se extendía tan lejos que mis ojos no alcanzaban a ver el final del amplio jardín. Las montañas rodeaban el lugar y los bosques escondían a su vez las instalaciones del Club Los Perdidos. Lo único que indicaba que aquella mansión gigantesca era el lugar que yo buscaba era una pequeña placa de metal incrustada junto a la verja oxidada por la que ya había pasado.
La doble puerta principal se abrió sola, era proporcionalmente gigante a la casa, llegaba a medir dos metros al menos. Un hombre relativamente joven en sus treinta seguramente, con barba oscura y poblada me miró sugerente. Dejé de analizar todo lo que veía y anduve hacía la puerta mientras miraba mis pies, observé cada loseta oscurecida que pisé hasta llegar, conté ocho.

-Bienvenido –dijo aquel hombre de ojos grises y huecos.

-…Nueve –terminé de contar yo a la vez que entraba y por tanto era suscrito al CLP.

-¿Alias? –pidió mi igualmente silencioso compañero, me resultaba agradable su compañía.

-Cody –murmuré yo.

La primera estancia en la que estoy es la recepción, a la izquierda hay dos armaduras, una de caballero y otra para un caballo y su montura y en la pared hay un cuadro con el rostro simpático y amigable, al menos aparentemente, de un hombre de mediana edad. Delante de mí hay una enorme puerta doble de madera muy vieja, esta se sitúa justo en frente de la puerta principal, aunque esta es de hierro.

-Firma ahí-dijo a la misma vez que me tendía un puñal, me quedé embobado mirándolo, tenía el puño dorado con el emblema del CLP, la boca abierta de un tigre que poseía una lengua bifida, y el filo era de alguna clase de extraño metal. Lo acepté inmediatamente.

-Es hermoso-opiné.

A la derecha de la estancia había un enorme escritorio pero además había una lista de firmas, ese lado de la pared estaba recubierto por un panel de cuero y en el estaban rasgadas los nombres de mis compañeros. Hice lo miso que ellos habían hecho.

-Yo soy Vincent-se presentó, introdujo una llave vieja en la puerta y los dos pasamos a través de esta al abrirla.

Quedé obviamente asombrado, se extendía un largo pasillo con el suelo de cristal, podías ver las entrañas de la casa: agua, roca y lava. Bienvenido a tu hogar, me dije a mi mismo.
Cada cuatro pasos había una puerta en un lado y tras andar cinco minutos en línea recta llegamos a un salón enorme, allí el suelo era de mármol negro la decoración muy moderna en todos los sentidos. En medio del salón había una escalera de caracol, Vincent me guió y la subimos, era una habitación rodeada de cristaleras, con el mismo suelo de mármol negro y mucho menos amplia que el salón, el techo era parecido al de una cúpula pero sin llegar a serlo por el agujero redondo que tenía, algo que me sorprendió en el buen sentido.
Alrededor de una mesa redonda debajo de aquel agujero se sentaban seis hombres y dos mujeres, en total ocho personas. Vincent me invitó a sentarme y así lo hice.

-Nosotros somos los socios del Club Los Perdidos-habló uno de los hombres tendría alrededor de veinte años rubio- Yo soy Orange -su nombre me pareció raro pero rápidamente me recordé que era un alias, nadie sabría la verdadera identidad de otro en este club.

-Yo Lois-se presentó otro hombre de piel negra, tenía unos ojos oscuros como pozos y una sonrisa de dinamita.

-Jelene-dijo solamente ella, me ofreció una amable sonrisa entre esos labios rosados y una mirada ficticiamente cálida con sus ojos azules. Tenía un pelo gris, por la edad y vestía un modesto vestido negro, era en toda regla una viuda negra en apariencia.

-Noah-siguió presentándose otro de ellos. Aparentaba tener una edad aproximada e incluso mayor a la de Jelene, tenía un aspecto cálido con el pelo rubio y los ojos claros, mirarlo se parecía a estar en una playa bajo el sol.

-Yo soy Aimée-dijo la otra mujer que restaba en la habitación. Era joven, estaba seguro de que no sobrepasaría los treinta en cualquier caso y poseía una mirada devastadora como dos agujeros negros que te devoraban.

-Dross, si necesitas algo pídelo-dijo guiñándome un ojo, después de lo que creí que honestamente era una burla hacia mi persona, miró a Lois y ambos se sonrieron cómplices.

-Herobrine-me saludó el hombre que se sentaba a mi izquierda, lo miré silenciosamente en aprobación. Llevaba gafas y una gorra, escondía su cara y especialmente sus ojos de todo el mundo, y sospeché que incluso de el mismo.

-Yo soy Ángel-se presentó el último de ellos, aparentaba la misma edad que Aimée, era moreno y sus ojos eran otra galaxia, oscuros y fríos, aquello no parecía humano.

-Encantado, soy Cody-dije débilmente.
Solo escucharme a mí mismo era vergonzoso, tan débil, tan patético, todos reirían... Pero a pesar de mis temores las risas nunca llegaron, ni siquiera las que se cortaban antes de que lograse ver quien reía, permanecieron en silencio: Evaluándome.
Mi mente viajó al pasado, mientras mis ojos se veían reflejados en cada ventana que rodeaba la habitación, me daba asco a mí mismo. ¡Había tanta luz allí! La verdad salía sola, al fuego, el mechero que apretaba fuertemente dolía, ya estaba vacío y necesitaba recargarlo. Miré hacia abajo, a mi arma de matar, negro, con la silueta de Goku dibujada en el... La realidad se tornó borrosa y mis recuerdos finalmente salieron buscando luz:
-Uno de Abril, el cielo está nublado pero el hombre del tiempo ha dicho que sobre las dos del medio día mejorará, ¿es mejor que salga el sol? Yo les daré calor. Dayle vuelve a meterse conmigo, es la décimo novena vez esta semana, esta semana. Ya no más, pensé-hice un aspavientos con mis manos-En mi cabeza solo veía la imagen de una enorme chimenea cobrando vida y devorando a Dayle, ¿por qué no era real?, yo lo haría real-todos me miraban silenciosos, entretenidos-Asique, ya sabéis, una noche el me obligó a cargar madera para una de esas estúpidas fogatas que hacen los adolescentes y yo le ayudé, sobre todo a encender el fuego-Lois no pudo contener una pequeña risotada, levantó una mano en disculpa-Él me dijo “pon todas esas tablas ahí, y ahora coge esta gasolina y más te vale que las rocíes bien todas gilipollas...”, y yo lo hice. Cuando terminé el examinó las tablas de cerca y añadió “enciende la fogata retrasado”, por lo que saqué mi clíper y le prendí fuego a un trozo de madera, lo lancé a la torre de tablas y algunas chispas le dieron a Dayle en la cara. Quedó tan aturdido que solo al empujarle el hombro cayó a la fogata y antes de que pudiera salir ya estaba atascado entre toda esa madera-hice una corta pausa, el recuerdo era cálido, como el abrazo de una madre para mí y una sonrisa se me escapó-Eso es todo.

-Puto Dayle, colega-rio Dross a la vez que me apretaba el hombro, Lois me miraba divertido también.

-Bienvenido querido-dijo Jelene y se levantó para irse, con una chispa de diversión en su mirada.
Eran tan propios, eran tan... ¿cómo yo?

En el patio me permitían practicar con todo tipo de productos inflamables, incluso algunos explosivos. Abrí mi mochila en la que tenía todo tipo de trastos creados por mí mismo, cada uno me traía a una persona diferente a la mente, o a varias. Aquí me financiaban todo tipo de material, además de ayuda y facilidades, tenía un libro sobre combustiones que se desarrollaban al aire libre en mi maleta recién sacado de la biblioteca del CLP. Podía asistir al instituto, pero no quería asique un tutor se encargaría de mi todas las tardes por unas horas.
Observé el resto del patio, verde como un prado virgen. Ni siquiera parpadeé tras lanzar una mini granada elaborada a mano, esta impactó en el terreno a varios metros de mí pero el resultado fue una nube considerable de polvo y humo. El estallido hizo que sonriese sin querer. Otra más, y otra.




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